“Messi o Cristiano no encajarían en una novela”


18/10/2020 a las 10:26

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La familia, el pasado y la necesidad de descubrir los orígenes laten en ‘Fin de temporada’ (Seix Barral), la última novela del escritor Ignacio Martínez de Pisón. Zaragozano y zaragocista, Martínez de Pisón admite que ya se ha acostumbrado a ver a su equipo en Segunda, aunque añora el último gran Zaragoza de mediados de los noventa. Y no pierde la esperanza: su espejo es el Leeds, un histórico del fútbol inglés que cayó a lo más bajo y ha resucitado para volver a la Premier.

-La novela nace de una historia real.
Sí, un amigo me contó la historia de esta pareja que a finales de los setenta iban a Portugal a abortar. De camino sufren un accidente. Muere él y a ella no le pasa nada. Luego cambia de opinión y decide tener el bebé. El que me lo contó no volvió a saber nada de esa chica ni del bebé y tuve vía libre para imaginar su historia.

-También tiene algo de ‘road movie’.
Es una historia que ya llevaba años en mi cabeza, pensando qué habría sido de aquella mujer y de su hijo. No tenía dudas de que ella se habría escapado de su pueblo y que iría dando tumbos de aquí para allá intentando borrar su pasado: Bilbao, Logroño, Torrelavega, Gijón -donde por cierto incluyo la única alusión futbolística de todo el libro, porque al niño lo llevan a ver los entrenamientos del Sporting-, Jaca y finalmente se instalan en un camping junto a las centrales nucleares de Vandellós. 

-Finalmente, la necesidad de asentarse.
Sí, la necesidad de echar raíces. Y curiosamente lo hacen en el sitio menos fértil, en un camping, que es por definición la imagen de lo provisional, donde en invierno no hay nadie. Y además, con el recordatorio de la central nuclear, de saber que en cualquier momento eso puede estallar. 

La familia suele ser el ámbito de la tragedia, es el escenario donde ocurren las cosas más intensas

-El protagonista intenta conocer su pasado. “No eres el mismo si sabes unas cosas que si no las sabes”, confiesa. 
Y descubre muchas cosas de sí mismo. Viene de esa necesidad de saber de dónde vienes, de conocer a tu familia, de ver qué cosas tienes en común con personas a las que no conoces y con las que sin embargo tienes lazos de sangre. Todo eso le convierte en una persona diferente, más responsable y más compleja. Le convierte en un adulto.

-Las familias de sus novelas siempre son poco ortodoxas.
Son familias que tienen conflictos diversos. Cada familia es diferente, pero todas tienen algún conflicto en algún momento. Si no lo han tenido a lo largo de la vida, lo tienen en el momento de heredar. Me gustan esas familias. Suelo citar el inicio de ‘Ana Karenina’, ‘todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera’. Mi tema suele ser las familias infelices, salvo cuando escribo libros basados en alguna historia real. Ahí ejerzo casi de historiador: archivos y documentación, aunque alguna de esas historias también están teñidas por tragedias familiares, como la de Filek [‘El estafador que engañó a Franco, Seix Barral, 2017], que era hijo bastardo de una familia de militares del imperio austrohúngaro. La familia suele ser el ámbito de la tragedia, es el escenario donde ocurren las cosas más intensas. 

Escribir complicado es fácil, lo difícil es escribir sencillo

-Su escritura es muy accesible, lo cual en realidad es más difícil de lo que parece. 
Suprimo muchos adjetivos. Me gusta la labor de artesano: recortar, pulir, limar. Recorto cualquier término que no sea necesario. Busco la claridad. A veces, escribir con tantas subordinadas no te sirve de nada, porque lo importante es expresarte. Y para eso es más útil tener un estilo claro. En el fondo tiene más mérito, porque en realidad estás ocultando el trabajo que hay detrás. Yo creo que escribir complicado es fácil, lo difícil es escribir sencillo. Yo siempre me vi como un narrador. Lo que más me gusta es la narración. Y mis maestros, o los escritores a los que admiro, son grandes narradores. 

-Pero en sus novelas no faltan momentos de reflexión.
Cuando la reflexión se cuela en mi narrativa, es siempre una reflexión circunstancial: tiene que ver con lo que le sucede a los personajes. No intento filosofar. Aunque los libros no tengan esa faceta filosófica y parezca que eso los haga menos profundos, los personajes reflexionan. Muchas veces de manera modesta, pero sobre asuntos que todos hemos pensado alguna vez. La novela te permite transmitir ese tipo de reflexiones modestas en las que todos nos vemos reflejados. 

-¿‘Fin de temporada’ será película o serie?
Ha habido un par de contactos. Es una novela muy visual: paisajes, atmósferas, el Mediterráneo, Plasencia, las carreteras, etc.

-¿Cuál es su próximo proyecto?
Estoy trabajando en un guion y en otro proyecto que me exige mucha lectura. Voy a escribir una historia que transcurre en los años 40  y me estoy empapando de biografías y de historias de esa época. Tengo que trasladarme a vivir a los años 40.

-Su pasión por el Zaragoza es conocida. No lo es tanto su parentesco con Luis Belló -su suegro-, un personaje muy importante en la historia del club.
Fue el entrenador del equipo de los magníficos. En realidad, era el segundo entrenador, pero cuando se fue el primero, él se quedó y ganó los dos primeros títulos del Zaragoza, la Copa de Ferias y la Copa del Generalísimo en 1964. Yo era muy pequeño y no lo recuerdo. Luego él ya no siguió como entrenador porque el club había contratado a otro. Él está ya mayor, pero hasta hace poco aún recordaba muy bien ese Zaragoza glorioso de los sesenta.

-A usted le pilló demasiado joven.
Para mí el Zaragoza empieza en realidad en los años setenta. De niño vivía en Logroño y era más del Logroñés, que estaba en Tercera. Cuando volvimos a vivir a Zaragoza, el Zaragoza bajó a Segunda y el Logroñes subió, así que ahí tuve un pequeño conflicto de intereses.

Muchos nos vemos reflejados en el Leeds, un clásico que tocó fondo y ha vuelto a la elite

-Su Zaragoza es el de los ‘Zaraguayos’
Sí, con ‘Lobo’ Diarte y Arrúa, sobre todo. Años setenta: el mejor fútbol que recuerdo, hasta mediados de los noventa. Duraron poco, pero fueron años de buen fútbol. Y veías a los jugadores por la calle. Recuerdo que al lado de mi casa había una tienda que se llamaba ‘La Meca de los Pantalones’ y allí venían los jugadores a comprarse esos pantalones acampanados. Tenías una cierta sensación de cercanía con los futbolistas. Ahora eso es imposible.

-Luego, en 1995, el gol de Nayim.
Ganar esa final, con un gol así, fue un gran momento. Además yo tenía amistad con algunos de esos jugadores, como Pardeza, con quien sigo teniendo contacto. Fue el último gran momento del Zaragoza, hace ya 25 años. 

-Pero hubo Copas del Rey. 
Sí, estuve en la final de Montjuïc, contra el Real Madrid. Pero luego, el descenso a Segunda… Muchos aficionados nos vemos reflejados en el espejo del Leeds, un clásico inglés que fue grande en un momento determinado, que ha pasado un gran calvario y que finalmente vuelve a Primera. Al Oviedo le ocurrió algo similar, cuando vi la fidelidad de sus hinchas, en Tercera, pensé, ‘este equipo vale la pena’. Eso demuestra el amor a un equipo en sus horas más bajas. 

-¿Cómo lleva usted ver a su equipo en Segunda?
Cuando el Zaragoza bajó, lo viví como un drama. Pero te acostumbras. El fútbol de Segunda es malo, pero como espectáculo sigue siendo interesante y con mucha emoción, y de vez en cuando ves muy buenos jugadores. Hay años que parece que vas a subir a Primera y otros que sufres por no bajar a Segunda B.

-¿Sigue siendo socio del Zaragoza?
Lo fui hace muchos años, pero ahora soy simpatizante. Te dan una especie de tarjeta que te permite ir a un partido al año, creo. Pero ahora, con la pandemia, no sé cuándo podré volver al estadio.

Recuerdo el caso de Violeta: lo quiso el Madrid, pero él solo era feliz jugando en el Zaragoza, el equipo de su tierra

-El fútbol sin público…
Tiene algo como de fútbol de patio de colegio, porque les oyes gritar como los niños en el colegio. Desde luego, yo prefiero oír los balonazos y los gritos de los jugadores antes que esa animación artificial que ponen en la televisión.

-¿Corren buenos tiempos para reivindicar el hecho de ser del equipo de tu pueblo o de tu ciudad?
Es difícil, porque es muy raro que un equipo tenga jugadores de su tierra. El Huesca, por ejemplo, no tiene ningún jugador de Aragón. Por eso el equipo modélico es el Athletic: muchos jugadores quieren volver al equipo después de irse a otros equipos, algunos incluso sin cobrar. Así es más fácil identificarse con eso, con el equipo de tu barrio, de tu ciudad, de tu provincia. En cambio, con los clubes que hacen negocio con los jugadores de la tierra para comprar a un mercenario es más complicado identificarse. Cuesta encontrar a jugadores que quieran jugar siempre en el equipo de su ciudad. Recuerdo el caso de José Luis Violeta, que jugaba en el Zaragoza de los sesenta y setenta. El Madrid lo quiso fichar, pero él dijo que no, que su equipo era el Zaragoza. Para él, la felicidad estaba en jugar con el equipo de su tierra. 

-Ahora sigue más la Segunda división que la Champions.
Algo a lo que ya no puedes aspirar con tu equipo ya no interesa. Solo a través de mi hijo, que es un apasionado de la Premier, veo algo de fútbol inglés. Además los últimos resultados de la Premier han sido espectaculares.

En 2013 se me quitaron las ganas de escribir sobre el Zaragoza: al menos hasta que vuelva a Primera

-El fútbol no ha generado grandes novelas.
Hay historias de fútbol de pueblo, de equipos pequeños. Los escritores argentinos, por ejemplo; son mejores cuando escriben sobre equipos pequeños que cuando lo hacen de equipos grandes. Recuerdo la novela de David Trueba, ‘Saber perder’, sobre un jugador que llegaba al Real Madrid. Pero era una promesa, no una gran figura. Cristiano o Messi encajarían mal en una novela, yo al menos no sería capaz de escribir una novela sobre personajes así. Quizás con personajes más inadaptados, que luchan, se abren camino y que fracasan. Del fútbol de barro, del patatal. 

-¿No le apetece escribir sobre el Zaragoza? 

Escribí ‘El siglo del pensamiento mágico’ [Libros del KO, 2013] en los momentos en los que el Zaragoza estaba bien, en Primera. Y cuando salió el libro, el equipo empezó a perder y bajó a Segunda. Eran páginas escritas desde el optimismo y el Zaragoza acabó en Segunda. Se me quitaron las ganas de escribir sobre el Zaragoza: al menos hasta que vuelva a Primera.